Detrás del acto rutinario de pedir un café se esconde una historia rica en anécdotas botánicas, lingüísticas y bélicas. Aquí tienes cuatro datos fascinantes que te darán un buen tema de conversación para tu próxima visita a la cafetería.
A pesar de que toda la industria los llama "granos" por su aspecto visual tras el tueste, botánicamente no lo son. El café es la semilla de una fruta. Específicamente, son el hueso interior de unas cerezas rojas o amarillas que crecen en el arbusto del cafeto.
La nomenclatura cafetera tiene un fuerte componente histórico:
En el siglo XV, los cafetales llegaron a Yemen y Arabia. Esta bebida altamente energética, que proporcionaba vigilia y lucidez, prosperó comercialmente como un excelente sustituto social del alcohol en las culturas islámicas. Ya en el siglo XVI abrieron los primeros establecimientos públicos en Constantinopla, Siria y Persia. El boca a boca entre los viajeros europeos introdujo esta "mágica poción" en Europa, propiciando la apertura de los primeros cafés en Venecia, Marsella y Londres en el siglo XVII.
Los primeros europeos en probarlo no sabían cómo clasificarlo, así que lo bautizaron como el "vino árabe". Etimológicamente, la palabra proviene del árabe «qahhwat al-bun» (vino del grano). Con el tiempo, se simplificó a «qahwah», que pasó a Turquía como «kahveh». Los comerciantes holandeses lo adaptaron a «koffie», y de ahí derivó al «caffe» italiano y a nuestro actual "café".